Talleres de fotografía para mirar y mirarse
EXPERIENCIAS DE CREACIÓN QUE UTILIZAN LA FOTOGRAFÍA COMO HERRAMIENTA DE AUTOCONOCIMIENTO Y ENCUENTRO. PARA COLECTIVOS, ASOCIACIONES E INSTITUCIONES EN GRAN CANARIA
Cuando una persona fotografía lo que la rodea, termina hablando de sí misma. De cómo mira y desde dónde lo hace. La imagen funciona como una ventana hacia el entorno y hacia los demás, y como un espejo de uno mismo.
Sobre esa idea sencilla se construyen estos talleres. Más que cursos de técnica fotográfica, son experiencias de creación y conversación en las que la fotografía sirve para ganar conciencia de uno mismo y del propio entorno, fortalecer la confianza en la propia mirada y tejer vínculo dentro del grupo.
No hace falta ningún conocimiento previo ni equipo especial. Cada participante trabaja con su propio teléfono móvil, porque lo importante no es la cámara sino la mirada.
Siempre que el grupo lo permite, las sesiones se desarrollan en entornos naturales de Gran Canaria. El contacto con el paisaje baja el ritmo, descarga la tensión y predispone a la apertura y a la conversación. Del bosque a la costa, de la cumbre a las cuevas, cada lugar evoca estados y miradas distintas.
Cómo se desarrolla un taller
Cada taller se diseña a medida del colectivo y de la entidad que lo encarga. He impartido talleres de una sola jornada, de cinco, de diez o incluso de hasta veinte sesiones. La duración se adapta a cada grupo, aunque la estructura de fondo es siempre parecida.
El umbral
Las primeras sesiones rompen el hielo. Se trata de perder el respeto al medio, bajar el ritmo y empezar a mirar con más atención lo que nos rodea. Se ofrecen las primeras claves de lenguaje visual, sin tecnicismos ni teoría, y cada participante descubre enseguida que ya sabe fotografiar: solo necesita permiso para hacerlo a su propia manera.
La mirada
Poco a poco el trabajo se adentra en terrenos más personales. En cada sesión salimos a fotografiar el entorno con una intención distinta: la fotografía como metáfora de lo que no es evidente, la mirada curiosa hacia los demás, el autorretrato. Cámara o móvil en mano, el grupo avanza de lo sencillo a lo profundo, respetando el ritmo de cada persona.
La conversación
Las fotografías se imprimen en las propias sesiones con una impresora portátil. Editar no es retocar, sino seleccionar y ordenar las imágenes, un trabajo que se hace en grupo. En torno a las copias, sobre el suelo o sobre una mesa, surgen las conversaciones que dan su verdadero valor a la experiencia: la imagen se convierte en espejo y en ventana.
La historia
Todo taller termina enseñando el trabajo. A veces es una exposición cuidada; otras, algo más espontáneo. Pero siempre hay un momento en el que lo que empezó como una experiencia íntima se ofrece a la mirada de los demás. Las personas participantes pasan de mirar a ser miradas. Y ese gesto, pequeño en apariencia, es de los que más huella dejan.
Cada grupo, una mirada
Llevo años impartiendo este tipo de talleres con colectivos muy distintos. En todos, el objetivo ha sido el mismo: que cualquier persona, sin conocimientos técnicos, emplee el lenguaje visual para hablar de lo que de verdad le importa.
Personas mayores
La fotografía como forma de estar presente y de poner en valor la propia historia. Grupos que redescubren su barrio, sus objetos y sus rostros con una mirada nueva.
Jóvenes y adolescentes
El móvil que usan a diario, puesto al servicio de contar quiénes son. Un lenguaje que ya dominan, orientado hacia la expresión y la autoestima en lugar del consumo rápido de imágenes.
Personas ciegas o con discapacidad visual grave
Fotografiar desde el oído, el tacto y la memoria. Una experiencia que desmonta la idea de que la fotografía pertenece solo a quien ve, y que transforma tanto a los participantes como a quien la conduce.
Personas en procesos de recuperación
Con grupos en tratamiento por drogodependencia, la imagen actúa como mediación: permite hablar de lo vivido con una distancia segura y empezar a construir un relato propio distinto.
Una vocación descubierta
En el año 2010 me invitaron a dar un curso de fotografía. Para mí fue una experiencia increíble. Pero lo mejor es que para los participantes también lo fue. Muchos me aseguraron que les había ayudado a ver el mundo de otra manera. Eso me llenó de felicidad y me hizo recapacitar. Esa oportunidad que me fue dada me hizo descubrir una vocación que desconocía hasta el momento; compartir con otras personas lo que sé sobre fotografía para ayudarles a crecer.
Hablemos
Si trabajas en una institución, asociación o fundación y crees que un taller así puede encajar con tu colectivo, escríbeme. Cada propuesta se diseña a medida: el formato, la duración y los lugares se adaptan al grupo y a sus necesidades. La conversación no cuesta nada y suele ser la mejor manera de ver si esto es para ustedes.