Lo que pasa cuando paramos
Hay algo que hago desde hace años. Cuando necesito pensar, cuando una idea no termina de cuajar delante del ordenador, me voy al bosque. Camino. Y de algún modo, allí, las cosas se ordenan solas. Otras veces voy sin más motivo que el de estar, por la calma, por la belleza. La naturaleza me devuelve a un sitio al que no sé llegar de otra manera.
Ayer quise compartir ese sitio.
Hacía tiempo que no veía a este amigo. Su vida va siempre deprisa, llena de trabajo, de responsabilidades, de llamadas que devolver. En lugar de quedar en una terraza, le propuse algo distinto: irnos al bosque.
De camino, en el coche, hablamos de lo de siempre. Los proyectos, las preocupaciones, cómo nos iba. Es la conversación que tenemos cada vez que coincidimos, y está bien que así sea. Pero al llegar le pedí otra cosa: que intentara estar presente. Solo eso. Que por un rato dejara a un lado lo que había quedado a medias.
Le propuse algunos de los ejercicios que uso en mis talleres, o con mis hijos, cuando estamos en plena naturaleza. Afinar el oído hasta separar un sonido de otro. Mirar despacio, como si fuera la primera vez. Al principio le costó. Me decía que no lograba frenar la cabeza, que se le iba. Pero no desistió. Me siguió el juego.
Saqué una manta, nos sentamos en el suelo y monté allí mismo, con un par de aparatejos que traía, una sesión de música atmosférica, en directo, solo para nosotros. El volumen bajo, lo justo para que la música se fundiera con el bosque sin robarle nada: el viento entre las hojas, algún pájaro suelto. La luz del atardecer se colaba entre las ramas y, a nuestros pies, un mar de nubes lo cubría todo.
Y entonces, sin que yo dijera nada más, lo vi rendirse al momento. Se le cambió la cara. Bajó los hombros. Respiró hondo. El hombre que había llegado con prisa se había convertido, sin darse cuenta, en alguien que simplemente estaba.
Me hizo pensar mucho. Llevo años yendo solo a buscar esto, y nunca había visto desde fuera lo que es capaz de hacer. No hizo falta gran cosa. El lugar, la luz, una música a media voz. Lo suficiente para que alguien, por un rato, volviera a encontrarse.